'Cuando juegas al fútbol no eres un prisionero. Jugábamos al fútbol como hombres libres', dijo Anthony Suze, un hombre dicharachero y locuaz que hoy regresó a la prisión de la isla de Robben, donde permaneció confinado a la fuerza quince largos años porque es negro y porque era un destacado activista contra el gobierno del 'apartheid' en Sudáfrica.
Robben Island debe su popularidad planetaria al encierro que durante 18 años padeció en su prisión el ex presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela, pero como él, miles de hombres negros fueron privados de libertad y sometidos a trabajos forzados en esta lúgubre prisión durante décadas.
Las palizas, los abusos más delirantes, el rancho insuficiente o el hacinamiento en barracones se hicieron algo más soportables para los enemigos del régimen racista por obra del fútbol, que a los presos sirvió de terapia y, metafóricamente, de liberación.
'Gracias al fútbol había aquí una comunidad, una unidad', aseguró Suze, quien al igual que otros ex presidiarios recorrió hoy la prisión explicando y señalando: aquí dejábamos los zapatos, aquí dormíamos, aquí nos daban de comer y aquí jugábamos al fútbol.
Queda en la prisión de Robben Island un secarral sobre el que se mantiene en pie una portería maltrecha cuyas redes fueron confeccionadas por los propios presos, un campo de fútbol diminuto que acabó convirtiéndose en el centro estratégico de la cárcel, al menos para los internos.
Pero no fue fácil. Conseguir que los guardas les concediesen el privilegio que por derecho les pertenecía les llevó a los internos tres años de enviar constantes apelaciones hasta que en 1967 lo consiguieron: pudieron jugar al fútbol.
'Es la tercera vez que estoy en este lugar y hoy también veo que hay mucho que aprender de todo esto', dijo en la misma prisión Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, cuyo Comité Ejecutivo se reunió hoy en Robben Island.
Desde la prisión de la isla se divisan las colinas que abrazan la espalda de Ciudad del Cabo, una visión, según Blatter, que como el fútbol sirvió a las presos para abrigar esperanza.
Los casi 2.000 internos de Robben Island no sólo jugaron al fútbol, sino que constituyeron una auténtica liga, con clubes, con árbitros oficiales, tarjetas amarillas y rojas, con ascensos y descensos de categoría, con todas las normas FIFA vigentes entonces.
Tal era la pasión que sentían por este deporte universal que incluso los miembros rivales del Congreso Panafricano y del Congreso Nacional Africano encontraron en el fútbol un puente de unión, una forma de aparcar sus diferencias.
Descalzos o con zapatos agujereados jugaron en aquel rectángulo de terreno yermo grandes nombres de la Sudáfrica de hoy, como su presidente, Jacob Zuma, o el vicepresidente del Tribunal Constitucional, Steve Tshwete.
'Aquí aprendimos muchas cosas, como mantener unidos el cuerpo y la mente. Uno de nuestros métodos de resistencia permanentes era jugar al fútbol', afirmó Tokyo Sexwale, miembro del Comité de la FIFA para el Juego Limpio y la Responsabilidad Social y ministro sudafricano de Asentamientos Humanos.
'Hoy es un día histórico para el Comité Ejecutivo de la FIFA porque Robben Island escribió una página muy importante en la historia', dijo Joseph Blatter.
La FIFA expulsó durante el 'apartheid' a la federación sudafricana de la organización por la política segregacionista que aplicaba su gobierno y en 2007 nombró miembro honorario a la Asociación de Fútbol Makana, que los presos crearon en la cárcel.
En 2004 Mandela y Blatter se reunieron en Suiza y anunciaron que el Mundial 2010 sería cosa de Sudáfrica, un evento que la FIFA pretende convertir en un paso más, uno importante, en el secundario pero importante papel que al fútbol le tocó jugar para combatir el racismo en Sudáfrica y acabar con el 'apartheid'.
Agencia EFE |
3/12/2009 |